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Los orígenes:

El descubrimiento del alcohol, de gran importancia en la historia del hombre, no es atribuible con certeza a ninguno de los grandes pueblos de la antigüedad. Sin embargo, según nos cuenta José de las Cuevas en “Historia del Brandy de Jerez”, podría atribuirse a los chinos. De China pasaría a Egipto y de allí a los árabes que fueron, ciertamente, los que lo trajeron a nuestra tierra.

Siglos más tarde, cuando los árabes se asentaron en nuestro suelo se encontraron, no sólo con una considerable producción de vino, sino también ya, vino de exquisita calidad. Y, al encontrarse con nuestra riqueza, hicieron traer sus alambiques y alquitaras para comenzar la destilación de vinos, otros frutos y plantas y obtener aguardientes de vinos, alcoholes y esencias.

El fin de la destilación del vino por los árabes era, mayormente, medicinal. No así entre los cristianos, quienes no sólo consumían el vino sino que empezaron también a degustar los destilados del mismo. Y es que gracias a la larga convivencia entre árabes y cristianos, estos últimos aprendieron de los primeros los secretos de la destilación del vino, del manejo de las alquitaras –instaladas en Jerez hacia el año 900- y todos los detalles y consejos que sólo siglos de experiencia práctica pueden dar.

La primera referencia a la elaboración de aguardientes en Jerez la encontramos en el libro de Joaquín Portillo “Noches Jerezanas”, en el que se habla por primera vez de la renta del aguardiente, con referencia de fecha de 1580. Dicha renta del aguardiente fue administrada en arrendamiento por el Gremio de la Vinatería entre los años 1795 y 1769, lo que nos confirma la importancia de la misma.

El desarrollo:

Durante los siglos XVIII y XIX fue incrementándose la destilación para la obtención y comercialización del aguardiente, dirigido sobre todo al Norte de Europa.

El mercado principal para nuestros destilados de vino fue Holanda; desde allí se reexportaban nuestros aguardientes a todo el Norte de Europa y, a través de la importantísima Compañía de las Indias, al resto del mundo.

Este comercio con Holanda habría de dar como fruto, por muy distintos caminos, la creación de dos palabras clave para nuestro singular producto: “Brandy” y “Holanda”.

La palabra brandy es la adaptación inglesa del término original holandés “brandewijn”, que literalmente significa vino quemado. Sin embargo, en el transcurso de los años, este término sufrió el abuso por parte de algunos elaboradores de bebidas espirituosas que, sin respetar su origen etimológico, lo emplearon debidamente para designar bebidas elaboradas con alcoholes no procedentes de vino. Afortunadamente, en la actualidad, el uso de la palabra brandy va volviendo a quedar reservado para designar a las bebidas espirituosas elaboradas exclusivamente con aguardientes de vino.

En relación al término “holandas”, conviene precisar que se denominan así a los aguardientes de vino de baja graduación, destilados en torno a los 65º por 100 vol. Son estos aguardientes, las “holandas”, los que se utilizan primordialmente para el Brandy de Jerez. Su riqueza en substancias “no alcohol”, permite conservar los aromas y gustos más sublimes del vino del que se han obtenido.

Respecto al momento exacto en que los bodegueros jerezanos decidieron añejar sus aguardientes en vasijas de roble y alumbrar el que habría de ser Brandy de Jerez, hay pequeñas discrepancias. No cabe duda de que durante los siglos XVI, XVII y XVIII ya existía la costumbre entre las familias bodegueras y sus relaciones de consumir aguardientes de vino añejados.

Una tradición oral atribuye el nacimiento, como negocio, del Brandy de Jerez, a una larga demora en el embarque de un pedido de aguardiente para Holanda; el aguardiente reposó en botas de roble que habían contenido vinos jerezanos, donde se añejó y tomó nuevas calidades de finura y sabor, dando lugar a lo que, en los mercados de habla inglesa, se llamó Spanish Brandy.

Así mismo existe la teoría de que, desde fines del siglo XVIII y principios del XIX, más de un bodeguero estaba añejando con fines comerciales sus aguardientes en botas de roble que habían contenido vino de Jerez, utilizando el producto como exquisita bebida para compartir con amigos y familiares.

Sabemos que en el corto periodo de ocho años, de 1874 a 1882, algunos bodegueros jerezanos ya comercializan y embotellan sus brandies con marcas singulares. Precursores en el negocio del Brandy de Jerez fueron Don Pedro Domecq Loustau, Don Juan Vicente Lasaletta, Don Francisco Ivison O’neale y Don Juan Hernández Rubio y Gómez.

Así, durante los años siguientes, las grandes Casas de El Puerto de Santa María, de Sanlúcar de Barrameda y de Jerez de la Frontera van añadiendo a su principal actividad de cosecheros, criadores y exportadores de vinos, esta atractiva aventura del Brandy de Jerez, que poco a poco se va perfilando como un éxito.

El instinto comercial de los bodegueros les hace adoptar para el envejecimiento del brandy el original y característico sistema jerezano de criaderas y soleras, que dan como resultado un producto único con personalidad propia y cualidades organolépticas bien definidas y originales.

Y aunque durante algunos años se cometió el fallo de comercializarlo como cognac, hoy en día este brandy está perfectamente identificado como Brandy de Jerez y cuenta con un Consejo Regulador que controla su producción y le confiere, como defensa del consumidor, un sello de autenticidad y garantía.